
Le voy a ser franco. Esto no lo escribo desde la barrera del analista que lee reportes y ya. Lo escribo porque he estado del otro lado, en el lado del gobierno, en esas mesas donde llegan los casos y uno se queda viendo el techo preguntándose cómo diablos alguien pudo caer en esto. Y no, no es que la gente sea tonta. Es que el engaño está muy bien armado.
Recuerdo una reunión, creo que fue por ahí de 2022, en una oficina con aire acondicionado que no funcionaba, donde una señora de unos sesenta años —le voy a decir doña Rosa, aunque no se llama así— nos contó que había metido 800 mil pesos, producto de la venta de su casa en Iztapalapa, a una plataforma que le prometía 12% mensual. Doce por ciento. Mensual. Y ella lo decía con una convicción que dolía, porque todavía creía que su dinero estaba ahí, nomás «atorado». Un compañero de la mesa, que llevaba años en esto, nomás movía la cabeza.
Y así hay miles.
El gancho
El fraude con cripto tiene algo que lo hace particularmente cruel. No es el típico «le ganó la lotería» ni el «secuestraron a su familiar». Es un relato que apela a lo mejor de uno: las ganas de salir adelante, la curiosidad, el miedo a quedarse atrás. Los estafadores lo saben. Por eso venden libertad financiera, romper con los bancos, ser parte de la revolución tecnológica. En un país donde el «échale ganas» es casi religión, ese mensaje prende rapidísimo.
He visto gente que jamás en su vida invertiría en la bolsa meter su aguinaldo, su liquidación, hasta la tanda, en plataformas que prometen el 10% mensual. Rendimientos que cualquiera con dos dedos de frente sabe que no existen. Pero cuando el vecino, el compadre, el del grupo de WhatsApp, ya está «ganando», uno se deja llevar.
Cómo operan (más o menos)
No hay un solo guion. Pero se repiten cosas. El reclutamiento por redes, por WhatsApp, por recomendación de alguien que ya cayó y ahora recluta para recuperar lo suyo. La opacidad: nadie sabe dónde está el dinero, quién lo maneja, qué respalda. La presión: «es ahora o nunca», «se acaban los cupos», «el precio se dispara». Y al final, el colapso. Cuando ya no entran nuevos, la plataforma se cae, los teléfonos se desconectan, las páginas desaparecen. Y las víctimas quedan con capturas de pantalla, un grupo de WhatsApp lleno de reclamos y una sensación amarga difícil de describir.
Lo que hemos intentado
Desde el gobierno se ha hecho lo que se ha podido. La UIF ha sacado alertas. Condusef ha advertido. La CNBV también. Pero la verdad, y esto lo digo con conocimiento de causa, la velocidad de la innovación financiera nos rebasa. No se trata de satanizar la tecnología. La blockchain tiene cosas buenas. El problema no es la herramienta, es el uso. Y mientras no haya una regulación que proteja de verdad al consumidor sin ahogar la innovación, los defraudadores van a seguir operando casi con impunidad.
A la gente le digo: desconfíe de quien le promete rendimientos extraordinarios. No existe el dinero fácil. Si suena demasiado bueno, es porque lo es. Y a las autoridades: no basta con alertas. Hace falta educación financiera desde la escuela, coordinación internacional para perseguir a estos tipos, y un marco legal que castigue de verdad el fraude con activos digitales.
El futuro de las cripto en México no puede construirse sobre los ahorros rotos de miles de estafados. Eso lo tengo clarísimo después de años en esto. Y aunque no tengo la solución completa, sí sé que ignorarlo ya no es opción.
Dr. Luis David Fernández Araya
Especialista en PLD/FT